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Para Los jóvenes que despiertan a lo público

Maña comentaré, si es que alguien tiene alguna duda

Es cierto, es cierto; para hacer lo que es posible basta con querer. Todo depende de la plenitud con que se entienda ese fácil vocablo. Es fácil decir y aun pensar que se quiere; pero es difícil, muy difícil, querer verdad.

Querer hacer algo exige que queramos todas las cosas que son precisas para su logro, entre ellas dotamos a nosotros mismos de las cualidades imprescindibles para la empresa. Lo demás no es querer algo, es simplemente desearlo, enjuagarse con su imagen la fantasía, embriagarse voluptuosamente con el proyecto, perderse en vagos ardores, bullangas y efervescencias. En su Filosofía de la Historia Universal dice Hegel que todo lo importante que se ha hecho en la Historia lo ha hecho, sin duda, la pasión, pero bien entendido, añade-, la pasión… fría.

Cuando la pasión es simple hervor, frenesí y calentura, no sirve para nada. Todo el mundo es capaz de apasionarse así. Pero no es tan fácil sentir aquel fuego decisivo y creador, aquella incandescencia tan sobrada de calorías que no se entibia lo más mínimo al alojar dentro de sí las dos cosas más gélidas que hay en el mundo: la firme voluntad y la clara reflexión. El apasionamiento trivial, falso, impotente y estéril rehuye con terror la proximidad de la reflexión, porque presiente que ésta es fría y a su contacto va a congelarse y caer. Por eso el síntoma de la alta pasión creadora es que busca integrarse, completarse con las virtudes de lo frío, que se da el lujo de tragarse reflexión sin perder calorías, de quedar penetrado y transido su fuego todo de clara visión e infusible voluntad.

Esta especie de querer resuelto, clarividente y total, es el que hoy en este día, no encuentro aún informando grupo alguno español -tampoco en ustedes. Y sin ello, es vano esperar la ejecución de una reforma, es decir, de una construcción, de una creación. El mal radical de las cosas españolas, Estado o Universidad, puede recibir los nombres más diversos: pero si se busca el ápice de esa raíz, aquello de que todo lo demás brota y emerge, nos encontramos con algo que tolera sólo un nombre adecuado: la chabacanería. De lo alto a lo ínfimo penetra toda nuestra existencia nacional, la anega, la dirige y la inspira.

El Estado se comporta con los ciudadanos chabacanamente, permitiendo unas veces que éstos no cumplan las leyes, o viceversa, aplicando él mismo sus propias leyes de modo fraudulento, engañando al ciudadano con la ley misma. Algún día se contarán, por ejemplo, las cosas que el Poder público ha hecho usando de aquella famosa ley dada durante las dificultades de la guerra europea, y que se llamó «ley de Subsistencias». Lo que más remoto pueda parecer a ustedes de las subsistencias fue conseguido bajo el título de esta ley. Todo el mundo sabe el uso que los gobernadores de provincias han hecho durante decenios de la ley de Asociaciones.

Pero no quiero ahora presentar casos patéticos de este comportamiento vil seguido por el Estado. Yo no vengo aquí a hacer política, ni aunque viniera a hacerla la haría patética. Lo que pretendo es aclarar a ustedes en qué consiste esa enfermedad radical de España y del español que llamo chabacanería. Por- que no vale ahuecar la voz, como se usa en los mítines, y decir: esa conducta del Poder público es un crimen, un abuso intolerable, una prevaricación del Poder público. Claro que es todo eso, pero lo es tan trivialmente, tan estúpidamente, tan consuetudinariamente, tan sin beneficio compensatorio para el Poder público, que da vergüenza llamarlo un crimen, porque, en efecto, aunque lo sea jurídicamente, no lo es como hecho psicológico, como realidad histórica.

El crimen es algo fuerte, terrible y en este sentido respetable: eso no es crimen, es algo inferior al crimen, es… chabacanería, falta de decoro mínimo, de respeto a sí mismo, de decencia en el modo de ejercer el Poder público su peculiarísimo y delicado oficio. No digo con esto que en España no se cometen crímenes; pero sí niego que éstos sean lo substancial y lo más grave. Porque los crímenes, cuando lo son de verdad, no tardan en provocar una reacción que los cura; pero la chabacanería, en cambio, se acostumbra a sí misma, se encuentra cómoda a sí misma y tiende a generalizarse y eternizarse.

Así en España lo impregna todo: desde el Estado y sus actos públicos, hasta la vida de familia y el gesto del individuo. En nuestras juntas de Facultad se respira a menudo la chabacanería, y cuando aun en días normales se cruzan esos pasillos y se oyen los gritos y se ven las gesticulaciones de ustedes los estudiantes, se va mascando chabacanería.

Pero nunca aparece claro lo que significa un concepto sino se le enfronta con su opuesto, como el arriba y el abajo, el más y el menos. Toda idea tiene su antagonista, y en lucha con ella se perfila. ¿Qué es lo contrario de la chabacanería? Lo diré con una palabra que les es a ustedes muy habitual, porque pertenece al vocabulario de los deportes. Lo contrario de la chabacanería es estar en forma.

Harto conocida es a ustedes la fabulosa diferencia que hay entre un jugador cuando está en forma, y el mismo cuando está fuera de ella. Diríase que no son la misma persona: tal distancia notamos entre lo que es capaz de hacer en un caso y en el otro. Pero la forma tiene que ser conquistada: lograrla supone que el individuo se ha recogido y concentrado sobre sí mismo, que ha practicado un entrenamiento, que ha renunciado a muchas cosas, que vive sobre sí, alerta, tenso, elástico. No le es nada indiferente, porque cada cosa, o es favorable a la forma, o la hace bajar, y en vista de ello la procura o la evita. En suma, estar en forma es no abandonarse nunca en nada. Pues esto–el abandonarse, el «de cualquier manera», el «lo mismo da», el «poco más o menos», el «¡qué importa! », eso es la chabacanería. Como en el individuo, hay también en los grupos el estar o no en forma, y claro que sólo han hecho algo en la Historia los que la habían conquistado, los grupos compactos, perfectamente organizados, donde cada miembro sabe que los otros no le fallarán en los momentos decisivos, que se mueve presto y ágil a todas las brechas sin perder jamás su estabilidad y su centro-como el abate Galliani decía en el siglo XVIII de la Compañía de Jesús, que a la sazón estaba en forma: «-es- decía- una espada que tiene el puño en Roma y la punta en todas partes-». Pero un grupo no logra esta forma si no se ha disciplinado, y no se disciplina si no ve con perfecta claridad lo que se propone, y no lo puede ver así cuando el propósito no es en sí mismo claro, meditado, evidente y tan completo como la situación requiera. A todo esto me refería antes: dudo, en efecto, de que en este día que corre haya en España grupo alguno que esté en forma para la reforma-la del Estado o la universitaria. Y si no lo está, cuanto se in- tente sin las calidades requeridas no servirá de nada: es evidente que siendo el mal radical de lo español la chabacanería, va a servir de muy poco una reforma también chabacana. ¡Ya lo han visto ustedes! El intento petulante de reformar el país unas gentes que no habían pensado un momento en pertrecharse con las mínimas condiciones necesarias, ha sido la Dictadura, y lo único que logró, no obstante la maravillosa posibilidad que se le ofrecía, fue llevar al colmo y frenesí el achabacanamiento nacional. Conste, pues, que yo no he venido a recomendar a ustedes que no actúen en la vida pública de España, que no pidan y aun exijan la reforma de la Universidad. Digo a ustedes lo contrario: digo a ustedes que hagan todo eso, pero todo eso en serio, todo eso en forma. De otro modo puede, sin miedo alguno a error, pronosticarse el porvenir: si ustedes pretenden actuar en la vida pública sin prepararse antes debidamente, pasará esto: como actuar en la vida pública es actuar sobre la gran masa nacional y ustedes, sin forma, no son un grupo fuerte y orgánico, sino una pequeña masa, se cumplirán las leyes inexorables de la mecánica histórica, que son, en este punto, idénticas a la material: la masa mayor aplastará a la menor. Para actuar sobre una masa hay que dejar de serlo, hay que ser fuerza viva, hay que ser grupo en forma. Si yo viese o presumiese en ustedes la decidida voluntad de formarse -¡ah!-, entonces, amigos míos, no andaría con estas penurias y escatimaciones de fe. Lo creería todo factible, próximo, inminente. Contra lo que se suele creer, la Historia cambia a brincos y no sólo ni tanto en lentas evoluciones. Pensar esto último fue el error característico del siglo pasa- do. Presumía que toda obra plenaria se ha producido en la Historia mediante una lentísima preparación. Por eso, se sorprendía cuando los hechos ha- cían patente e indiscutible la súbita emergencia en lo biológico o en lo espiritual de realidades espontáneas y como impreparadas. Por citar un ejemplo simbólico, recuérdese la estupefacción que en el historiador del siglo pasado produjo averiguar que la más plena y clásica civilización de los egipcios-la maravillosa cultura de las Pirámides-no había tenido precedentes. Causaba ya extrañeza que esta floración, la más perfecta en todo el proceso de la Humanidad nilota, apareciese plantada en el umbral mismo de la Historia, en su alborada.

Se esperaba que las excavaciones des- cubrirían bajo la tierra de las pirámides vestigios de culturas menos perfectas, pero próximas a tan madura perfección. Fue enorme su sorpresa cuando los arqueólogos tropezaron casi inmediatamente bajo las pirámides los restos de una civilización… neolítica. Es decir, que se había pasado, casi sin intermisión, de la piedra pulimentada a la piedra clásica.

No; la Historia procede muchas veces a saltos. Estos saltos en que se salvan súbitamente fantásticas distancias espirituales, se llaman generaciones. Una generación en forma puede lograr lo que siglos sin ella no consiguieron. He ahí jóvenes, una incitación.

CONCLUSIÓN PERSONAL:

¿QUÉ ESTAMOS VIENDO HACE UN MES?

Estamos en presencia de uno de esos Saltos Cuánticos de los que hablaba mi maestririjiYO, sin saber que 1 siglo después se calificaría de cuánticos a esos cambios inesperados que saltan fantásticas distancias espirituales. Si bien Pepe, el Viejo NO tenía en mente precisamente la dialéctica del Amo y el Esclavo, de la que habló aquel Gran Maestro argentino, sí debía conocerla, por eso que incluí ese video en la publicación anterior. En mi locura hay un método, dijo Shakespeare.

Estamos viendo una generación sin miedo, que rechazó el papel de esclavo social y nos ha comunicado a todos: Rechazamos sómoc