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Para mi padre, el miope.

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Desde la base, NO puedes ver la cima

nevada, de una montaña.

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Fragmentos del libro El Reencantamiento del Mundo, Introducción.

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NO encontré otra más adecuada para leer este texto.

Hace ya varios años que (basado en mi formación en historia de la ciencia) estoy intentando escribir un libro no demasiado técnico, que trate ciertos problemas contemporáneos. En un trabajo anterior, una monografía muy técnica, pude insinuar algunos de los problemas que caracterizan la vida en las naciones industrializadas de Occidente, problemas que me parecen profundamente alarmantes. Comencé ese estudio en la creencia de que las raíces de nuestro dilema eran de naturaleza social y económica; pero una vez que lo hube completado, me percaté de que había omitido por entero una importante raíz epistemológica. En otras palabras, empecé a sentir que algo andaba muy mal con nuestra visión del mundo en su totalidad. La vida occidental parece estar derivando hacia un incesante aumento de entropía, hacia un caos económico y tecnológico, hacia un desastre ecológico y, finalmente, hacia un desmembramiento y desintegración psíquica y he llegado a dudar que la sociología y la economía puedan, de por sí, dar una explicación adecuada a este estado de cosas.

Este énfasis surge de mi convicción de que los asuntos fundamentales confrontados por cualquier civilización a lo largo de su historia, o por cualquier persona en su propia vida individual son, a final de cuentas, asuntos de significado. Históricamente, la pérdida de significado, ya sea en un sentido filosófico o religioso —la división entre hecho y valor que caracteriza la época moderna—, está enraizada en la Revolución Científica de los siglos xvi y xvii. ¿Y por qué tendría que ser así?

La visión del mundo que predominó en Occidente hasta la víspera de la Revolución Científica fue la de un mundo encantado. Las rocas, los árboles, los ríos y las nubes eran contemplados como algo maravilloso y con vida, y los seres humanos se sentían a sus anchas en este ambiente. En breve, el cosmos era un lugar de pertenencia, de correspondencia. Un miembro de este cosmos participaba directamente en su drama, no era un observador alienado. Su destino personal estaba ligado al del cosmos y es esta relación la que daba significado a su vida. Este tipo de conciencia —la que llamaremos en este libro «conciencia participativa«— involucra coalición o identificación con el ambiente, habla de una totalidad psíquica que hace mucho ha desaparecido de escena. La alquimia resultó ser en Occidente la última expresión de la conciencia participativa.

La historia de la época moderna, al menos al nivel de la mente, es la historia de un desencantamiento continuo. Desde el siglo xvi en adelante, lamente ha sido progresivamente exonerada del mundo fenoménico. En la teoría al menos, los puntos de referencia de toda explicación científica moderna son la materia y el movimiento, aquello que los historiadores de la ciencia llaman la «filosofía mecánica«. Los desarrollos contemporáneos que han puesto en tela de juicio esta visión del mundo —por ejemplo, la mecánica cuántica y ciertos tipos de investigación ecológica— no han hecho mella en la forma predominante de pensamiento. Este tipo de pensamiento puede describirse mejor como un desencantamiento/una no participación, debido a que insiste en la distinción rígida entre observador y observado. La conciencia científica es una conciencia alienada: no hay una asociación extásica con la naturaleza, más bien hay una total separación y distanciamiento de ella. Sujeto y objeto siempre son vistos como antagónicos. Yo no soy mis experiencias y por lo tanto no soy realmente parte del mundo que me rodea. El punto final lógico de esta visión del mundo es una sensación de reificación total; todo es un objeto ajeno, distinto y aparte de mí. Finalmente yo también soy un objeto, también soy una «cosa» alienada en un mundo de otras cosas igualmente insignificantes y carentes de sentido. Este mundo no lo hago yo: al cosmos no le importo nada y no me siento perteneciente a él. De hecho, lo que siento es un profundo malestar en el alma.

¿Qué significa, traducido en términos cotidianos, este desencantamiento? Significa que el paisaje moderno se ha convertido en el escenario de la «administración masiva y violencia desenfrenada«, un estado de cosas claramente percibido por el hombre corriente. La alienación y la futilidad que caracterizaron las percepciones de unos pocos intelectuales a comienzos de siglo han llegado a dominar, al final de este siglo, la conciencia del hombre común. La mayoría de los trabajos son idiotizantes, las relaciones vacías y transientes, la pista de la política absurda. En el vacío creado por el colapso de los valores tradicionales, tenemos algunas revitalizaciones evangélicas de tipo histérico, conversiones masivas a la Iglesia del Reverendo Moon, y un gran retraimiento hacia la evasión que ofrecen las drogas, la televisión y los tranquilizantes.

También tenemos la búsqueda desesperada de terapia, en estos momentos una obsesión nacional, en la que millones de estadounidenses tratan de reconstruir sus vidas sumidas en un sentimiento profundo de anonimato y desintegración cultural. Una época que tiene por norma la depresión es en verdad una época oscura y triste.

Tal vez nada es más sintomático de este malestar general que la incapacidad que han demostrado las economías industriales de proveer empleos significativos. Hace algunos años, Herbert Marcuse describía las clases asalariadas en los Estados Unidos como «unidimensionales«. «Cuando las técnicas se convierten en la forma universal de producción material», escribió, «esto circunscribe una cultura en su totalidad; proyecta una totalidad histórica —un mundo«. Se puede hablar de alienación como tal porque ya no hay un sí-mismo que alienar. Hemos sido todos comprados, hace tiempo que todos nos hemos vendido al sistema y ahora nos identificamos completamente con él. «La gente se reconoce a sí misma en sus bienes», concluía Marcuse; «se han convertido en lo que poseen«.

La tesis de Marcuse es una tesis plausible. Todos conocemos al vecino que cada domingo lava amorosamente su automóvil con un ardor casi erótico. Sin embargo, las observaciones actuales de la vida cotidiana de las clases media y trabajadora tienden a refutar la observación de Marcuse de que para estas personas el sí mismo y los bienes se han fusionado, produciendo lo que él denomina una «conciencia feliz». Si tomamos únicamente dos ejemplos: Las entrevistas de Studs Terkel con cientos de estadounidenses de todas las esferas de la vida, revelaron cuan vacías e insignificantes consideraban ellos sus propias vocaciones. Arrastrándose día a día al trabajo, empujándose a través del tedio diario de escribir a máquina, archivar, recoger dineros de pólizas de seguros,estacionar automóviles, entrevistar a aspirantes a beneficios de seguridad social y, en gran medida, fantaseando en el trabajo —estas personas, dice Terkel, ya no son caracteres tomados de Charles Dickens, sino que salidos más bien de Samuel Beckett.

El segundo estudio, de Sennett y Cobb, demostró que la noción de Marcuse de un consumidor inconsciente estaba completamente errada. El trabajador no compra bienes porque se identifica con el modo estadounidense de vida (The American Way of Life), sino porque está angustiado y cree que esta angustia se puede mitigar con bienes materiales. El consumismo es visto paradójicamente(otra palabra) como un modo de salida del sistema que lo ha dañado y que secretamente aborrece; es un modo de mantenerse libre de la garra emocional del sistema.

Sin embargo, el mantenerse libre del sistema no es una opción viable. A medida que el pensamiento tecnológico y burocrático invaden los rincones más profundos de nuestras mentes, la preservación de un espacio psíquico se ha tornado algo casi imposible.

Los así llamados «candidatos de alto potencial» para posiciones ejecutivas en corporaciones estadounidenses han recibido generalmente un tipo de educación especializada superior en que se les enseña a comunicarse persuasivamente(otra palabra), a facilitar la interacción social, a leer el lenguaje corporal y otras cosas parecidas. Esta disposición mental es luego llevada a la esfera de las relaciones personales y sexuales. Uno aprende así, por ejemplo, cómo descartar amigos que pueden ser obstáculos en nuestra carrera y establecer nuevas relaciones que pueden ayudarnos en nuestro ascenso.

La esposa del empleado también es evaluada como un riesgo o una ventaja en términos de su destreza diplomática. Y para la mayoría de los varones, en las naciones industrializadas, el acto sexual en sí mismo se ha convertido, literalmente, en un proyecto, un asunto que consiste en utilizar las técnicas adecuadas para alcanzar la meta prescrita y así ganar la aprobación deseada. El placer y la intimidad se ven casi como un impedimento al acto.

Pero una vez que el ethos de la técnica y de la administración han invadido las esferas de la sexualidad y la amistad, literalmente no dejan lugar donde esconderse. Así resulta que «el muy difundido clima de ansiedad y neurosis» en el que estamos inmersos es inevitable. Estos bosquejos del paisaje psicológico interno dejan al descubierto las maquinaciones del sistema. En un estudio que oficialmente trataba de la esquizofrenia, pero que en su mayor parte era un perfil de la sicopatología de lo cotidiano, R.D. Laing mostró cómo llega a dividirse la psiquis, creando falsos sí-mismos, en un intento de protegerse de estas manipulaciones.

Si fuéramos a caracterizar nuestras relaciones habituales con otras personas, podríamos (como una-primera aproximación), describirlas como están en la Figura 1. Aquí tenemos al sí-mismo y al otro en una interacción directa, relacionándose con el otro dé un modo inmediato. Como resultado, la percepción es real, la acción es significativa y el sí – mismo se siente corporalizado, vital (encantado). Pero, como se insinúa claramente en la discusión de arriba, tal interacción casi nunca ocurre. Para nadie somos «enteros», menos aún para nosotros mismos. Más bien nos movemos en un mundo de roles sociales, de rituales interaccionales y juegos complejos que nos obligan a proteger el sí-mismo desarrollando lo que Laing denomina el «falso sistema de sí-mismo» (false self system).

(Para ver las imágenes ir al enlace más abajo)

En la Figura 2, el sí-mismo se ha dividido en dos: el sí-mismo «interior» se retira de la interacción, permaneciendo como un observador científico, mientras que el cuerpo —que ahora es percibido como falso o muerto (desencantado)— es el que se relaciona, en forma falsa o simulada, con el otro.

La percepción es, por lo tanto, irreal y la acción correspondientemente fútil.Como dice Laing, en el trabajo —y en el «amor»— nos retraemos hacia la fantasía y establecemos un falso sí-mismo (identificado con el cuerpo y sus acciones mecánicas), el cual ejecuta los rituales necesarios para que tengamos éxito en nuestras tareas. Este proceso comienza en algún momento del tercer año de vida, es reforzado en el jardín infantil y en los años de educación básica, sigue adelante hasta la grisácea realidad de la educación media, y finalmente se convierte en el destino diario de nuestra vida de trabajo.

Todo el mundo, dice Laing —ejecutivos, médicos, camareros, o lo que sea—, representa roles, manipula, para evitar a su vez ser manipulado. El objetivo es la protección del sí-mismo, pero dado que el sí-mismo está de hecho escindido de cualquier relación significativa,eventualmente sé sofocará medida que los seres humanos se distancian de los eventos de sus propias vidas. El ambiente se torna cada vez más irreal. A medida que éste proceso se acelera, el sí-mismo empieza a luchar consigo mismo y a recriminarse acerca de la culpa existencial que ha llegado a sentir, creándose así otra división.

Nos atormenta nuestra falsedad, nuestro representar roles, nuestro huir del intento de llegar a ser lo que realmente somos o podríamos ser. A medida que aumenta la culpa, silenciamos las voces disidentes con drogas, alcohol, fútbol— cualquier cosa para evitar encarar la realidad de la situación. Cuando se agota esta auto-mistificación, o el efecto de las pastillas, quedamos aterrorizados por nuestra propia traición y por la vacuidad de nuestros «éxitos» manipulados.

Las estadísticas que reflejan esta condición, solamente en Estados Unidos, son tan nefastas que desafían una comprensión. Hay actualmente una tasa significativa de suicidios en el grupo de niños que va de siete a diez años de edad y entre 1966 y 1976 los suicidios de adolescentes se triplicaron a casi treinta al día. Más de la mitad de los pacientes en los hospitales mentales estadounidenses son menores de veintiún años. Una evaluación de niños de nueve a once años en la Costa del Pacífico efectuada en 1977, mostró que casi la mitad de los niños eran consumidores habituales de alcohol y que un buen número de ellos llegaba regularmente a la escuela en estado de ebriedad.

El Dr. Darold Treffert, del Instituto Mental de Wisconsin, observó que en la actualidad millones-de niños y adultos jóvenes están aquejados de lo que describe como «un agudo sentido de vacuidad y una falta de significado en su vida, expresados no en un temor acerca de aquello que les pudiera ocurrir, sino más bien en un temor de que jamás les ocurra algo«. Las cifras oficiales del Gobierno entregadas durante 1971-1972,registraban que los Estados Unidos tiene cuatro millones de esquizofrénicos, cuatro millones de niños seriamente perturbados, nueve millones de alcohólicos,y diez millones de personas aquejadas de depresión severamente inhabilitante.

A comienzos de los años ’70 se informó que veinticinco millones de adultos estaban utilizando valium; en 1980, la Administración de Alimentos y Drogas indicó que los estadounidenses estaban consumiendo 5 billones de tabletas de benzodiacepinas al año (el fármaco del «valium» y el «diazepam«). En The Myth ofthe Hyperactive Child (1975), Peter Schrag y Diane Divoky dicen que son cientos de miles los niños drogados diariamente en la escuela y una cuarta parte de la población femenina estadounidense del grupo entre los treinta y los sesenta años de edad, utilizan regularmente drogas psicoactivas. Algunas revistas populares,como Cosmopolitan, han publicado artículos donde se les aconseja a quienes padecen de depresión que hagan una visita a su Hospital Mental local para que se les administre tratamiento con psico-fármacos o con electro-shock, de modo que puedan retornar prontamente a sus trabajos.»La droga y el hospital mental» escribe un cientista político, «se han convertido en el aceite lubricante y la fábrica de repuestos indispensables para impedir el derrumbe total del motor humano«.

Es un postulado de este libro el que no estamos siendo testigos de un giro peculiar en las fortunas de la Europa y América de postguerra, ni de una aberración que podría relacionarse con problemas propios del siglo xx, como la inflación, la pérdida del imperio (Hacer América Grande, otra vez. NOTA mía), y cosas por el estilo. Más bien, estamos presenciando el resultado inevitable de una lógica que ya tiene varios siglos y que ahora, durante nuestras propias vidas, se ha convertido en la protagonistacentral. Me refiero a. la ciencia. No estoy intentando decir que la ciencia es lacausa de nuestro predicamento; la causalidad es un tipo de explicación históricaque yo encuentro particularmente poco convincente. Lo que estoy argumentandoes queja visión científica del mundo es parte integral de la modernidad, de lasociedad masificada y de la situación descrita más arriba. Es nuestra conciencia,en las naciones industrializadas de Occidente —y únicamente éstas—y estáíntimamente relacionada con el surgimiento de un estilo de vida que se ha estadodesarrollando desde el renacimiento hasta el presente. La ciencia y nuestro modode vida se han reforzado mutuamente y es por esta razón que la visión científicadel mundo está bajo un serio escrutinio, al mismo tiempo que las nacionesindustriales empiezan a evidenciar signos severos de tensión, si no de una realdesintegración.Desde esta perspectiva, las transformaciones que estaré analizando y lassoluciones que percibo tenuemente, tienen que ver con toda una época y esto esuna buena razón para no relegarles al ámbito de las abstracciones teóricas. Enverdad, voy a exponer que tales transformaciones fundamentales inciden en losdetalles de nuestras vidas cotidianas mucho más directamente que aquellascosas que habitualmente pensamos que son más urgentes: éste o aquelcandidato presidencial, tal o cual asunto legislativo, etc. Ciertamente ha habidootros períodos de la historia humana en que el paso acelerado de lastransformaciones ha tenido el mismo impacto sobre las vidas individuales; tal vezel ejemplo más reciente antes del presente ha sido el Renacimiento. Durantetales períodos, el significado de la vida individual empieza a surgir como algoamenazante y las personas empiezan a preocuparse con el significado delsignificado en, sí mismo. Aparece como un concomitante necesario a estapreocupación el que tales períodos se caracterizan por un agudo incremento de laincidencia de la locura, o más precisamente de aquello que define a la locura12.Porque lo que nosotros, y no únicamente a los «intelectuales») son los sistemas de16valores, y cuando estos sistemas empiezan a derrumbarse, igual suerte corren losindividuos que viven con ellos.

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Capítulo 1

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Para resumir nuestra discusión sobre la Revolución Científica, es necesario hacer notar que en el curso del siglo XVII la Europa Occidental produjo con esfuerzo una nueva forma de percibir la realidad. El cambio más importante fue la modificación de la calidad por la cantidad, el paso del “por qué” al “cómo”. El universo, antes vistos como algo vivo, poseyendo sus propias metas y objetivos, ahora es visto como una colección de materia inerte que se mueve rápidamente sin fin ni significado, como así lo dijera Alfred North Whitehead1.

Lo que constituye una explicación aceptable ha sido, por lo tanto, radicalmente alterado. La prueba concluyente del valor de la existencia es la cuantificabilidad y no hay más realidades básicas en un objeto que las partes en las cuales éste pueda ser descompuesto. Finalmente, el atomismo, la cuantificabilidad y el acto deliberado de visualizar la naturaleza como una abstracción desde la cual uno se puede distanciar —todo abre la posibilidad que Bacon proclamara como la verdadera meta de la ciencia: el control—. El paradigma cartesiano o tecnológico es, como se estableció anteriormente, la igualdad de la verdad con la utilidad, con la manipulación del ambiente hecha con un objetivo. La visión holística del hombre como una parte de la naturaleza, sintiéndose en su hogar al estar en el cosmos, no es más que una trampa romántica. No al holismo, sí a la dominación de la naturaleza; no al ritmo eterno de la ecología, sí al manejo consciente del mundo; no (para llevar el proceso a su punto final lógico) “a la magia de la personalidad, sí al fetichismo de las comodidades«2.

En el pensamiento de los siglos XVIII y XIX, el hombre (o la mujer) medieval había sido un espectador pasivo del mundo físico. Las nuevas herramientas mentales del siglo XVII hicieron posible que todo cambiara. Ahora estaba dentro de nuestras posibilidades el tener el cielo en la tierra; y el hecho de que fuera un cielo material apenas lo hizo menos valioso.

Sin embargo, fue la Revolución Industrial la que hizo que la Revolución Científica fuera reconocida en su verdadera magnitud. El sueño de Bacon de una sociedad tecnológica no se llevó a cabo en el siglo XVII ni en el XVIII, a pesar de que las cosas estaban empezando a cambiar ya por el año 1760. Las ideas no existen en el vacío. La gente podía considerar el punto de vista mecánico del mundo como la verdadera filosofía sin sentirse obligado a transformar el mundo de acuerdo a sus dictámenes. La relación entre la ciencia y la tecnología es muy complicada y es de hecho en el siglo XX que el impacto pleno del paradigma cartesiano se ha dejado sentir con mayor intensidad. Para captar el significado de la Revolución Científica en la historia de Occidente debemos considerar el medio social y económico que sirviera para sustentar este nuevo modo de pensar. El sociólogo Peter Berger estaba en la razón cuando dijo que las ideas “no tienen éxito en la historia en virtud de su verdad, sino que en virtud de sus relaciones con procesos específicos3.

Las ideas científicas no son la excepción.

1 Alfred North Whitehead, Science and the Modern World (New York: Mentor Books, 1948; orig. publ. 1925), p. 55.

2 N.O. Brown, Love’s Body (New York: Vintage Books, 1966), p. 139.

3 Meter Berger Towards a Sociological Understanding of Psychoanalysis”, Social Research 32 (Primavera 1965), 32. La afirmación clásica de la sociología del conocimiento es el libro de Kart Mannheim, Ideology and Utopia, trad. Louis Wirtz y Edward Shils (New York: Harvest Books, reimpresión de la edición de 1936).

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Sólo después de leer eso, tiene sentido lo escrito hace años:

https://liga-de-educacion-politica.blogspot.com/2016/05/fundamentos-sistemicos-para-una-neo.html

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De ahí el título: Esta Civilización está perfectamente simbolizada en el Titanic. Una Gran Construcción que se cree eterna, pero destinada a hundirse. Repristinación(otra palabra) del arcano mito de la Atlántida. Esta Humanidad sólo sabe hacer lo mismo: Desperdiciar Tiempo, Energía y Amor. Eso sucede cuando sobreponen la estructura al Proceso.

Ya el Chascón lo dijo: San Marcos 2,23-28: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado. El sábado es la Estructura Social, el hombre, lo humano, es el Proceso, creador de toda estructura que es esclavizado por ésta, al crecer más allá de lo debido.

Dicho de otra manera, siguiendo a Mircea Eliade: El desencantamiento NO es otra cosa que la Desacralización(otra palabra) del Niverso y la vida. Lo que NO previeron filósofos (salvo Pascal, dicho sea en su honor), es que ese Proceso histórico sólo podía desembocar en la Completa Desmoralización de la Sociedad.

Ese proceso sólo lo puede revertir una Sacralización de otro signo, de ahí que el Berto predique un Sistema Neo matríztico, cayendo en el error de simplemente reflotar el anterior muerto y de, ¡seguir parado en la misma Cosmovisión Desacralizada-Científica! De ahí que el feminismo NO sea la solución, porque, además, de NO presentar una nueva Sacralidad (en la manifestación donde me sacaron la cresta), había unas mujeres intentando reflotar la arcaica Pytón. Lamentablemente este feminismo rdy´s contaminado de patriarcado. El Nuevo Orden sólo puede ser Neo Filial, como previó en Gran Maestro Totila Albert..

Eso fue lo mató a Julieta y su Romeo. El Amor es siempre víctima del «Orden Social». Por eso siempre he odiado y odiaré todo pseudo orden que obstaculice el Amor. Al patriarcado y su nieto maldito, Neoliberalismo.

Yo, trilobite defensor de los por qué; mi padre, dinosaurio de los cómo.

¿Saben qué? ¡A la mierda el Titanic!

Morí hace 21 años. Todo lo hecho es obra de un fantasma.

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POST DATA 13-3-2020

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Meditaciones Derivadas.

1.- El desechar el marco mental «participativo» tiene como consecuencia última, la des-esencialización de todo y, por consecuencia última, del SER HUMANO. Ya NO somos seres, sino RECURSOS «humanos», en espera que los robots puedan reemplazarnos completamente. ¿Saben qué significa eso? ¡LA NEGACIÓN DE LA EXISTENCIA DE DERECHOS INHERENTES AL SER HUMANO!

Cuando dejamos de SER, es decir, NO hay esencia, sólo hay comportamiento (lo que realmente estudia la psicología, NO el alma, que se niega, a pesar del nombre de dicha disciplina), que es el correlato de cambiar la centralidad del pensar desde el POR QUÉ, al CÓMO, nos quedamos sin justificación para sostener una POLÍTICA DE DERECHOS.

Es decir, ese cambio mental, cambio realizado por la Ciencia Física, tal como demostró Berman, está detrás de la contradicción que vivimos a diario en Chile: El Estado está divido en 2: Una parte viola los DDHH, «los cosos«, como dijo mi amiga Cristina Apruebo y, otra parte, el INDH, trata de protegerlos, pero es como la enfermera que sólo tiene parche curitas para tratar un cráneo con fuga de masa encefálica.

Sé que tras esta última imagen mental, mi musa inspiradora debe estar demasiado triste, al borde de las lágrimas.