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Para cuando supe qué era lo que le faltaba, se le ocurrió morir.

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Era 2011, había participado de LA SALA INVERSA y había descubierto los Misterios del Kosmos y la Byddha. Hice una controversial perfomance en su Honor.

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De Raúl Ruiz. Cineasta chileno (Pto. Montt 1941):

El que no sabe es como el que no ve.

Sea como fuere, nadie está en capacidad de asimilar en la misma ocasión un mismo conocimiento… nadie recibe un saber del mismo modo.

En general, no hago otra cosa más que modificar ligeramente las mismas fórmulas aplicadas por el alumno; trato de volverlas más precisas, o de extender su alcance, aunque con mucha frecuencia sea preferible conservarles toda su vaguedad, su misterio y su intimidad, otros tantos ingredientes necesarios para la práctica libre y soberana de todas las artes y del cine en primer lugar.

Las proposiciones más simples articuladas en nuestras prácticas verbales son extraordinariamente complejas comparadas con los átomos, lo que hace imposible la descripción exhaustiva de una sola proposición.

En una suerte de resumen de puntos de vista freudianos, Davidson aborda el problema central: 1) Nuestro espíritu posee estructuras semiindependientes que no siguen ciegamente las decisiones del decididor (llamémosle gobierno central); 2) tales regiones del espíritu tienden a organizarse en poderes independientes –o espíritus independientes–, dotados de estructuras propias y religados al sujeto central por un hilo único. En un manual esotérico chino de meditación, titulado El secreto de la flor de oro, un autor anónimo ilustra las cuatro etapas meditativas gracias a un dibujo que muestra a un chino sumido en profunda meditación, el cual, por el efecto de su concentración, logra dividirse en cinco pequeños monjes meditantes, los que a su vez se dividen en cuatro nuevos monjes; 3) Esas subestructuras semiindependientes son capaces de tomar el poder sobre el conjunto y, de este modo, imponer sus decisiones al primer monje. ¿Por qué no pensar en una República en la que un partido político de pequeños monjes ganara una elección y tomase decisiones contrarias al interés de todos, por encima de toda comprensión del gran monje que es la República del Yo?

Toda película, incluso ordinaria, es infinitamente compleja. Una lectura efectuada siguiendo su hilo narrativo la vuelve simple, pero en sí misma conserva su infinita complejidad.

Las historias destinadas a todo el mundo no existen en un lugar particular: son utopías.

Las malas utopías no parecen excluir a nadie en general, auque de hecho excluyan a todo el mundo en particular1.

Yo creo que si el mundo de hoy es aterrador es porque se ha convertido, precisamente, en un terreno favorable al desarrollo de las utopías. Por todas partes en el mundo brotan las multinacionales, organismos sin origen ni lugar, utopías sin futuro, a veces incluso sin razón de ser. Un día fabrican golosinas, al día siguiente se transforman en compañías trasatlánticas, y,

1 Dicho de otra forma: la utopías no son generalidades (lo propio del conocimiento), sino generalizaciones arbitrarias. Intentan reemplazar el todo por la parte que más le gusta a su autor. Nota del editor.

en el curso de una sola semana, invaden el mundo con trasatlánticos cargados de golosinas. Algunas han sido creadas para hacer dinero, otras, como las fuerzas armadas de las Naciones Unidas, creadas para el socorro de civiles en determinadas circunstancias, trabajan a pérdida. Algunas otras son esencialmente profilácticas. Otras tantas, como la Iglesia, militan a favor del Bien. Otras aún –como un cierto Hollywood– predican el Mal. Todas son utópicas, todas creen que la felicidad es la orquestación de disposiciones plebiscitadas como buenas. Para tales utopías, un hombre feliz es un hombre que se dice feliz y al que todos creen lo que dice. ¿Por qué se le cree? Porque su felicidad tiene causas explicables, como son la posesión de una camisa, el aroma de un perfume, el espectáculo de un incendio o el de una historia que le acaban de contar en imágenes1.

La utopía de un mundo justo, gobernado según los principios de la razón y de los métodos científicos, se transformó en terreno de juego en donde unos jugadores cabalistas –me refiero a aquellos corredores de la bolsa, vestidos como Burgueses de Calais estragados, con la barba recortada, el pelo corto, la cuerda al cuello– se hallan empeñados en un intercambio masivo de textos en código. Juego en el que el ganador gana más de lo que puede consumir; y el perdedor pierde lo que nunca ha tenido. Más allá de las murallas de esta Ciudad Ideal, se extienden vastos campamentos de seres humanos, erráticos, amnésicos, desprogramados, medio muertos y lazados a la siga de los cuatro Jinetes del Apocalipsis: un puro estado de guerra, una peste, un hambre que ninguna hambruna podrá saciar; una muerte que fulmina hasta la idea misma de la muerte. Todos gobernados por el miedo, ese General de doble rostro: uno es el de Terror, amo y señor de los territorios en estado de guerra; el otro es el de Pánico, hijo de Pan. Emiliano, profesor de retórica, oyó un grito desde el puente de su barco cogido en la tempestad, en aguas de la isla de Paxos: Tamo, Tamo, cuando llegues a Palode, diles que le Gran Dios Pan ha muerto. Este grito provocó el lamento inconsolable de ciudades enteras. A él respondió no hace mucho un consejero japonés del ex presidente Bush, “cuyo nombre no quiero recordar”, cuado dio en proclamar que San Agustín, dios del progreso indefinido, había muerto. El asesino de Pan está muerto. La historia se ha detenido. Pan revivirá.

Las reglas que gobiernan el cine (digamos, Hollywood) son idénticas al simulacro que es la vida en nuestros días. Esta utopía acaba por reformular la idea de salvación, cuya versión más perfecta se halla en la aplicación de la teoría de conflicto central: mientras más sacrifique usted a la lógica narrativa o a la Energeia, más posibilidades tendrá de salvarse. Reglas que han encontrado a menudo su inspiración en ciertos juegos venidos de la Grecia antigua, en los que predominaban el azar y el vértigo. Incluso hemos resucitado juegos que habían caído en el olvido. Juegos de resistencia al dolor –la prueba de la tortura– y juegos de sobrevivencia2. En esta Olimpiadas permanentes, los miembros de la Ciudad Ideal son azuzados sin cesar los unos contra los otros para un combate singular. Cada movimiento, cada intención son objeto de evaluación. Los otros, los no ciudadanos, la mayoría, vegetan como parias.

El mundo utópico no desemboca en la realización de tales o cuales aspiraciones humanas, sino en su desrrealización. Es un mundo que ha vuelto irreal al hombre mismo.

1 Ni siquiera se plantea la pregunta de rigor: ¿Qué es la felicidad? Tema para el próximo número. El editor.

2 El viejo escribió esto mucho antes que existieran los “realitys”, su confirmación ex post. Nota del editor.